13/02/2015

El día que fui turista y no me gustaron las pequeñas cosas

Benidorm

Los que nos dedicamos al mundo del turismo, con vinculaciones académicas y/o profesionales, siempre viajamos evaluando, en cierta manera, todo aquello que vamos observando que se asemeja o distingue de lo que conocemos, hacemos y estudiamos.

Hace una semanas experimenté este fenómeno y viajé, además me metí en la boca del lobo, ya que no me fui a un destino desconocido ni lejano, sino que por el contrario se me ocurrió ir ni más ni menos que a Benidorm.

Benidorm es el buque insignia del sol y playa en España, el tercer destino en número de visitantes del país por detrás de las dos grandes capitales, y un destino que constantemente desafía la teoría del ciclo de vida de los destinos turísticos de Butler, ya que es un destino maduro que nunca entra en fase de declive, y además,  sin apenas tener grandes acciones de rejuvenecimiento.

Personalmente, digamos que me gusta Benidorm, sus edificios en altura, que hacen que haya menos gasto de agua al existir menos piscinas unifamiliares, el importante comercio local que existe, que no deja entrar a grandes multinacionales, la calidad de sus pequeñas cadenas de hoteles, la calidad de sus playas o su clima benigno (incluso cuando en el resto de España había nevadas y olas de frío).

Pues bien, prácticamente eso hicimos: nos instalamos en un gran rascacielos, remodelado que resulta ser un hotel de una cadena local, y optamos por realizar nuestras actividades de ocio en comercios y espacios de restauración locales.

La verdad es que todo fue muy bien y lo pasamos genial, pero hay cosas, que por insignificantes que parezcan, no me gustaron. Tal vez, soy raro, analizo con probeta cada detalle, y me fijo en cosas insignificantes. Puede ser, pero creo que por los detalles se caracterizan algunos destinos turísticos y a la larga estos insignificantes detalles son los encargados de que un destino siga adelante, o bien poco a poco vaya muriendo hasta quedar en nada.

Pues bien una de las noches, optamos por quedarnos en el hotel viendo el espectáculo que suelen hacer, tomando algo y hablando de nuestras cosas. Para mi sorpresa se trataba de un espectáculo flamenco propio del Sacromonte, además los trabajadores del hotel iban caracterizados con ropa y sombrero de lunares y el camarero de la barra empezó a realizar una sangría que contenía además de vino y fruta, como 20 licores más.

Al día siguiente caminando por el centro, degustando tapas, cañas y vinos, era común encontrar como tapa, un arroz con mil cosas (chorizo incluido), al que llamaban paella y ofrecían como tapa. Creo que en todo el Mediterráneo español sabemos que la paella, es un primer plato y no una tapa, y los ingredientes que lleva los tenemos bastante claros.

Se trata simplemente de pequeños detalles que me hacen pensar que se lleva al turista a una imagen tipificada de España y olé, con tablaos flamencos, sangría y paella en cualquier lugar y de cualquier forma, sin respetar lo que es propio de cada lugar. Es como viajar al sur de Francia y llevarte de souvenir una Torre Eiffel en miniatura.

Creo que hay que cuidar los detalles de este tipo para no convertir a los destinos en un estereotipo. Las cosas bien hechas a largo plazo venden más que las que no se someten a la realidad. Está muy bien hacer tablaos flamencos en Andalucía, comer auténtica paella en cualquier enclave de la costa, o beber sangría con los ingredientes correctos.

Crear una falsa realidad, al fina produce una globalización del turismo, y los enclaves van perdiendo su esencia poco a poco, y las pequeñas cosas que hacen interesante a un destino, se convierten en hándicaps difíciles de superar a lo largo de  tiempo.

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